I.
Jugando en la mente y con las imágenes rodando despacio, subo las escaleras blanco obscuras animadas por los pasos de mis pies. Es tarde y desde la árida luz del pasillo escucho truenos y maldiciones con sabor a sexo.
Que vecina tengo me digo a mí mismo cuando introduzco mi llave en la nueva cerradura instalada antaño por el conserje. Camino despacio por la cocina para no contaminar con la basura de las ideas mi acalorada imaginación vecinal. Una delgada y tenue frontera separa mi casa de aquella escena infinitamente más real y verdadera que una de Peter Greenaway.
Sólo vidrio barato es lo que tengo en la mano encerrando un sorbo de líquido precioso. Lo bebo y me da sueño mientras acaricio tranquilo esta perfecta extensión de mi mente que de pronto crece y suplica una deliciosa aceleración al tiempo que percibo lejanamente las breves suplicas de aquella mujer mayor que yo.
II.
Mira qué bien sales aquí –le digo a Julieta- hasta pareces una de esas modelos en la contraportada de un periódico deportivo. La felicidad del encuentro me ha puesto eufórico pues días antes ya la escuchaba detrás de la pared en su recámara contigua a la mía. Pensaba en ella casi como en aquel auto inalcanzable que a diario miraba de reojo en la revista de automóviles nuevos colgada en el puesto de periódicos custodiado por Benjamín, aquel viejo regordete inmune al tiempo sentado en su frágil sillón.
Viajaba con ella a través de su piel, por todos los hoteles de la Guerrero, otras veces por los de Tlalpan, algunas más por aquellos lugares plenos de exigente materia presupuestal del centro histórico y de Reforma.
Caminábamos juntos por aquellas blancas sábanas pobladas de historia carnal y en cierto sentido hasta maternal pues ella y sus grandes senos rosados me aventajaban con veinte años de experiencia y libre albedrío como dirían aquellos antropólogos famosos leídos hacía sólo unos cuantos años. Lo cierto es que empezaba a importarme toda completa, más allá de sus grandes caderas que cada semana me cobijaban; algunas veces me decía a mí mismo, sí sí esto se pasará como en un pis pas, como dicen los españoles. Otras más, la buscaba con impaciencia durante largas noches de insomnio inundadas por su ausencia. Añoraba sus viejas historias y recuerdos existenciales, de la mano con leves caricias en sus entrañas y cuando ella regresaba de volar, sus ojos acariciaban claramente mis labios como una bala sin dueño que viene hacia mí pero sin mirarla.
III.
Camino jugando mientras transito sobre la banqueta. Ahora sólo son tres pasos para llegar de una línea a la siguiente, me digo a mí mismo, pero antes eran hasta cuatro o cinco, allá en otros tiempos cuando vivía en otro plano de la realidad atiborrado con juegos y fantasías que ahora sólo significan pequeños vestigios adaptativos, lo cual corrobora mi simpatía por los viejos postulados darwinistas de corte existencialista, pienso, sin perder el paso rumbo al “museo de arte contemporáneo en Polanco” como dictaba aquel viejo anuncio publicitario estatal de televisión.
Sigo contando los pasos en referencia a las líneas y reacciono con preguntas que nadan en mi cabeza justo cuando estoy a punto de tropezar. ¿Por qué la vida de uno, esa que la experiencia pone a funcionar, muere de pronto un día, cortada por el nudo neural de la muerte del sentido, del amor o del camino andado?
Y más aún, ¿Porqué surge ésta necesidad del comienzo a partir de aquel corte practicado en el negativo -con unas tijeras “Barrilito”- que ha vivido un tiempo enclaustrado en las entrañas de una vieja cámara fotográfica, herida que denota el fin o si se quiere o se prefiere, el principio de una historia coherente y perdida pero siempre circulante en medio de la gris ambigüedad sólo endulzada por los semáforos de esta gran ciudad?
IV.
No logro explicar ni siquiera con mis humanos atributos artificiales, perdón por la ortografía pero quise decir experienciales, si es este complicado laberinto llamado identidad que vuelve y vuelve a renacer, ó bien, si es mi falta de palabras y oficio de escribano extraviado en algún lugar del tiempo aquello que me impide deducir por qué uno puede transitar en medio de mil historias continuas, graduales y progresivas sin darnos cuenta en el transcurso de una sola que es la propia, casi como un gato que solo tiene siete vidas cuando se arriesga pero que solo vive una inconscientemente para morir.





