lunes, marzo 22, 2010

Son siete vidas y cuatro para ser leídas.



I.

Jugando en la mente y con las imágenes rodando despacio, subo las escaleras blanco obscuras animadas por los pasos de mis pies. Es tarde y desde la árida luz del pasillo escucho truenos y maldiciones con sabor a sexo.

Que vecina tengo me digo a mí mismo cuando introduzco mi llave en la nueva cerradura instalada antaño por el conserje. Camino despacio por la cocina para no contaminar con la basura de las ideas mi acalorada imaginación vecinal. Una delgada y tenue frontera separa mi casa de aquella escena infinitamente más real y verdadera que una de Peter Greenaway.

Sólo vidrio barato es lo que tengo en la mano encerrando un sorbo de líquido precioso. Lo bebo y me da sueño mientras acaricio tranquilo esta perfecta extensión de mi mente que de pronto crece y suplica una deliciosa aceleración al tiempo que percibo lejanamente las breves suplicas de aquella mujer mayor que yo.


II.

Mira qué bien sales aquí –le digo a Julieta- hasta pareces una de esas modelos en la contraportada de un periódico deportivo. La felicidad del encuentro me ha puesto eufórico pues días antes ya la escuchaba detrás de la pared en su recámara contigua a la mía. Pensaba en ella casi como en aquel auto inalcanzable que a diario miraba de reojo en la revista de automóviles nuevos colgada en el puesto de periódicos custodiado por Benjamín, aquel viejo regordete inmune al tiempo sentado en su frágil sillón.

Viajaba con ella a través de su piel, por todos los hoteles de la Guerrero, otras veces por los de Tlalpan, algunas más por aquellos lugares plenos de exigente materia presupuestal del centro histórico y de Reforma.

Caminábamos juntos por aquellas blancas sábanas pobladas de historia carnal y en cierto sentido hasta maternal pues ella y sus grandes senos rosados me aventajaban con veinte años de experiencia y libre albedrío como dirían aquellos antropólogos famosos leídos hacía sólo unos cuantos años. Lo cierto es que empezaba a importarme toda completa, más allá de sus grandes caderas que cada semana me cobijaban; algunas veces me decía a mí mismo, sí sí esto se pasará como en un pis pas, como dicen los españoles. Otras más, la buscaba con impaciencia durante largas noches de insomnio inundadas por su ausencia. Añoraba sus viejas historias y recuerdos existenciales, de la mano con leves caricias en sus entrañas y cuando ella regresaba de volar, sus ojos acariciaban claramente mis labios como una bala sin dueño que viene hacia mí pero sin mirarla.



III.

Camino jugando mientras transito sobre la banqueta. Ahora sólo son tres pasos para llegar de una línea a la siguiente, me digo a mí mismo, pero antes eran hasta cuatro o cinco, allá en otros tiempos cuando vivía en otro plano de la realidad atiborrado con juegos y fantasías que ahora sólo significan pequeños vestigios adaptativos, lo cual corrobora mi simpatía por los viejos postulados darwinistas de corte existencialista, pienso, sin perder el paso rumbo al “museo de arte contemporáneo en Polanco” como dictaba aquel viejo anuncio publicitario estatal de televisión.

Sigo contando los pasos en referencia a las líneas y reacciono con preguntas que nadan en mi cabeza justo cuando estoy a punto de tropezar. ¿Por qué la vida de uno, esa que la experiencia pone a funcionar, muere de pronto un día, cortada por el nudo neural de la muerte del sentido, del amor o del camino andado?

Y más aún, ¿Porqué surge ésta necesidad del comienzo a partir de aquel corte practicado en el negativo -con unas tijeras “Barrilito”- que ha vivido un tiempo enclaustrado en las entrañas de una vieja cámara fotográfica, herida que denota el fin o si se quiere o se prefiere, el principio de una historia coherente y perdida pero siempre circulante en medio de la gris ambigüedad sólo endulzada por los semáforos de esta gran ciudad?


IV.

No logro explicar ni siquiera con mis humanos atributos artificiales, perdón por la ortografía pero quise decir experienciales, si es este complicado laberinto llamado identidad que vuelve y vuelve a renacer, ó bien, si es mi falta de palabras y oficio de escribano extraviado en algún lugar del tiempo aquello que me impide deducir por qué uno puede transitar en medio de mil historias continuas, graduales y progresivas sin darnos cuenta en el transcurso de una sola que es la propia, casi como un gato que solo tiene siete vidas cuando se arriesga pero que solo vive una inconscientemente para morir.


sábado, diciembre 12, 2009

A Cd. Juárez y otros lugares norteños...



Ser Humano


Un cúmulo de voces perfuma nuestros oídos,
mientras ellas viven en maquilas saturadas,
de caricias, de sol edificado sobre la ancestral arena,
y el trabajo, arrancando sangre de su carne tierna.

Los mineros levitan entre niebla fresca,
las mujeres enterradas en el desierto negro,
los niños juegan pedaleando ilusiones,
en el abismo pétreo del azúcar muerta.

Tal vez te vayas con los días, al fin,
ahogando tu alma en el lago de recuerdos,
y los mineros con sus gritos congelados,
sólo acompañados por el alma de las piedras.

Las imágenes deambulan en los diarios,
bajo la sombra luminosa del futuro,
y la bella vida alimentando a la historia,
con las niñas, sus hermanas y sus madres,
muertas.

miércoles, septiembre 16, 2009

Sin lenguaje.

I
Que costumbre tan extraña de levantarse con la luz del día. Sería mejor tener los ojos adaptados al verde-azul de tu inocencia perdida. Que costumbre ciega de hacer lo que dicta el corazón caliente, cuando anda presuroso en bicicleta inconsciente.

II
Allá donde el tren viaja fugaz y mis ojos perdidos acarician los senos redondeados de otros seres, las palabras se suicidan con solitarios caramelos mordidos y justo en el punto donde tu mirada cognoscente dispara una bala perdida en mí, se proyectan las líneas asustadas de mi mano muerta ya en tus entrañas escondida.

III
Pero allá donde llueve silencio ennegrecido, tus palabras devienen cardúmenes de peces violentos que agitando mis visiones matinales, alargan el instante de mi adiós sólo hasta unos segundos antes de la eterna muerte.

domingo, julio 12, 2009

Fronteras




El cuerpo humano en su constitución, en su forma, funciones,

desarrollo y complejidad, determina lo específico de nuestra
especie y evoca también fronteras respecto a otros seres vivientes,

reales o imaginarios, pasados ó contemporáneos, presentes,

al fin, en lo mental de nuestra memoria, en lo efímero del estar aquí

y ahora de nuestra experiencia visual, en el acto de conocer el mundo.


Ecología de las palabras

Aprovechando la insularidad de tu sonrisa,
capturo tus dientes con infiltrados diafragmas vigilantes,
y comienzo a pescar palabras en el mar desconocido de tu prisa, y mi lengua en ti profana aquellos labios rojos titilantes,
siempre plenos de miedo a ser mordidos en serio...

A veces tu sonrisa es violenta como la tarde verde,
similar al sonido de los insectos y los intestinos verdes,
ó al canto del pájaro verde preso en la ventana de tu casa,
ó a la mirada escondida de los ancianos en cualquier espacio provisto de vacío eterno,
que en cualquier caso nunca es verde sino traslúcido como la sangre de los árboles.

Otras más, tus sentidos elocuentes me secuestran y audazmente acaricias mi fragilidad desteñida de rojo,
y mis músculos danzantes dan vida a todo aquello que imaginan extasiados, cohabitando así tus palabras,
en mi nido cerebral intencionalmente inconsciente de olvido, mismo que a veces se mimetiza color azul a causa de la lluvia sin sol.

En los últimos días,
esta mano audaz tiene la costumbre de autodesnudarse
de su propia piel, para dejarla colgada en la pared,
casi como un guante, como lo haría también,
después de vivificar a un solitario violonchelo
y sus sinuosas formas en apariencia organizadas,
pero solo en el humo de la memoria.

Recientemente esta frescura del liquidámbar
engaña a mi sed primate, y por tanto,
a mi garganta y sus voces,
pues la puerta agrietada de mis labios es ahora diferente,
y el pincel de mis sueños ahora revestido de óleos atemporales,
dibuja aún las señales de tus pies desnudos sobre la cama...




humberto baeza










martes, febrero 27, 2007

Entresijos




Estrategias neurales


Tu diafragma intencional trastoca mis placentarias estadías,
hormigas planas huérfanas de mielina eclosionan en la boca,
entre el puente del adentro y el afuera
el encéfalo respira sincopales golondrinas,

en la madeja de hilos conductores vegetan los sentidos,
justo en el espinazo las sinapsis gestan y paren a sus crías.

Un simio ahondando va su escondrijo sobre los sueños,
una mujer peregrina enerva estos ojos con un pulsar,
a través del software y el hardware de los entresijos,
bosquejo ventanas sobre lagunas espaciales,
un ojo atraviesa dizque fronteras en movimiento,
y ya bien adaptado se sumerge en el estanque del cielo.

lunes, enero 15, 2007

Influencia de los moros en Real de Catorce?



San Quintín, Chiapas ahora mismo...

Variación heredable en eficacia

San Quintín.

I
Amanece lánguidamente sobre la casa vuelta calma,
el suelo ambarino de las frágiles veredas
endulza sus pupilas matinales más vivas aún,
y las pálidas nubes violan a sus sentidos ensimismados.

II
Al tiempo que ella juega con los niños furibundos
en la pista de aviones bosquejada sobre la sangre,
el eco de su risa perfuma mis huesos auditivos,
y cicatriza sobre el silencio de la selva por un instante.

III
El río bruno ahora trajina con almas pasajeras,
que retozan, que vivamente juegan sin morder al tiempo,
la memoria vertiginosa a la carne espina,
entretanto, danza un niño sobre las aguas tercas.


Ouroboros

jueves, enero 04, 2007

Lagunas mentales

Laguna Miramar

De qué hablaré hoy si mis retinas sólo acarician tus arenosos dientes,
en qué hemisferio cerebral instalaré tu reflejo candoroso,
una vez termine de germinar en mis sentidos.
Con qué nutriré la oceánica morfología de tu nombre complicado:
con animales planos morando tus entrañas,
con peces citadinos nadando al revés,
o con burbujas agónicas dando a luz fonemas de tu risa.
Y es que no sabría más nada conocer con el cuerpo,
sólo con la certeza de tu nombre instalado en el agua.



El perro

Un perro corre tranquilo en el horizonte
en medio de mis neuronas convalecientes
tal vez creyendo que es un bisonte
sobre caminos reales y no accidentes.

Tal vez el perro grite por la locura
que trae la luz en medio de la mañana
si en las retinas negras y sus figuras
se funden sombras de tu fantasma.