San Quintín.
I
Amanece lánguidamente sobre la casa vuelta calma,
el suelo ambarino de las frágiles veredas
endulza sus pupilas matinales más vivas aún,
y las pálidas nubes violan a sus sentidos ensimismados.
II
Al tiempo que ella juega con los niños furibundos
en la pista de aviones bosquejada sobre la sangre,
el eco de su risa perfuma mis huesos auditivos,
y cicatriza sobre el silencio de la selva por un instante.
III
El río bruno ahora trajina con almas pasajeras,
que retozan, que vivamente juegan sin morder al tiempo,
la memoria vertiginosa a la carne espina,
entretanto, danza un niño sobre las aguas tercas.
I
Amanece lánguidamente sobre la casa vuelta calma,
el suelo ambarino de las frágiles veredas
endulza sus pupilas matinales más vivas aún,
y las pálidas nubes violan a sus sentidos ensimismados.
II
Al tiempo que ella juega con los niños furibundos
en la pista de aviones bosquejada sobre la sangre,
el eco de su risa perfuma mis huesos auditivos,
y cicatriza sobre el silencio de la selva por un instante.
III
El río bruno ahora trajina con almas pasajeras,
que retozan, que vivamente juegan sin morder al tiempo,
la memoria vertiginosa a la carne espina,
entretanto, danza un niño sobre las aguas tercas.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario